
Por Paula Pons
La festividad del Corpus Christi es uno de los grandes festejos que con mayor fervor celebran miles de ciudadanos en Valencia. Actualmente está catalogada como Bien de Interés Cultural. Desde el siglo XIV hasta finales del siglo XIX fue considerada Festa Grossa o Fiesta Grande y Principal de la ciudad. La capital del Turia ofrece en la actualidad un conjunto de tradiciones populares que recuerdan los orígenes y el sentido de la festividad y cuya fama y renombre ha traspasado nuestras fronteras. La Cabalgata del Convite, la Procesión del Corpus, los bailes y danzas, la representación de los personajes bíblicos y sobre todo las monumentales y espectaculares Rocas atraen cada año a numerosos visitantes hasta la ciudad.
Sin embargo, no todo el mundo conoce una celebración que tiene lugar pocos días después del Corpus Christi y que se conoce como el día de la Octava. En la actualidad, ese día tiene lugar el jueves siguiente a la fiesta del Corpus. Su origen data del 1604 cuando San Juan de Ribera, Arzobispo y Virrey de Valencia, y fundador del Real Colegio del Corpus Christi, más conocido hoy en día como el Colegio del Patriarca, decide que la gran fiesta del Colegio no podía coincidir con el día del Corpus, por lo que establece que sea ocho días después cuando tenga lugar la celebración. Hoy en día, se celebran durante todo el día en el colegio una serie de ritos que se inician con una Misa Conventual. Por la tarde tienen lugar las vísperas u oración de la tarde, y las Completas, oración de la noche, con toda solemnidad de música. Especialmente solemnes son las completas puesto que se sería, según los cómputos de la época, el momento en que Cristo habría instituido la Sagrada Eucaristía.
Acabado el Oficio, se celebra la procesión por el claustro del Colegio con un ritual propio y ante miles de fieles que abarrotan el recinto. En esa procesión sólo desfilan los miembros del Colegio y de la Capilla, con sobrepellices y con su sobrio hábito pardo los Padres Capuchinos. Todos ellos llevan cirios encendidos en sus manos, excepto cuatro colegiales que llevan unas bandejas con pétalos de rosas. Junto a ellos van otros cuatro colegiales, revestidos de dalmáticas blancas y llevando cada uno un incensario en sus manos. La procesión, precedida por el asistente con su vistoso ropón negro y su peluca con un bordón en la mano, se pone en marcha. Cada seis pasos se detiene para que los colegiales ofrezcan de dos en dos incienso, en primer lugar, y también los otros cuatro, esparzan los pétalos de rosa sobre el suelo que va a pisar la custodia, también de dos en dos.
Hasta la conquista de Valencia por las tropas napoleónicas, en el presbiterio y los cuatro ángulos del claustro del Colegio, unos niños bailaban al son de unos villancicos con música a capela del que fuera el primer maestro de la Capilla, Juan B. Comes. Todavía hoy se conserva su letra en unas cartelas que penden de los marcos de los cuadros de los lados del claustro. Esa tradición se perdió en 1816 pero este año, el Colegio del Patriarca estaba muy interesado en que los infantes volvieran a bailar en la procesión, por lo que en colaboración con el Instituto Valenciano de la Música pusieron en marcha los mecanismos para volver a instaurar ese rito, y casi doscientos años después, niños del Conservatorio de Música lo han hecho realidad. Una vez terminada la procesión, se cantan las Letanías del Santísimo Sacramento con letra de San Juan de Ribera y música también de Comes. Con la reserva, el silencio se adueña de la iglesia mientras los fieles salen de ella.
Viñetas
Sin embargo, no todo el mundo conoce una celebración que tiene lugar pocos días después del Corpus Christi y que se conoce como el día de la Octava.
Su origen data del 1604 cuando San Juan de Ribera, Arzobispo y Virrey de Valencia, y fundador del Real Colegio del Corpus Christi
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